lunes, 20 de julio de 2009

Ve a menudo a la casa de tu amigo, pues la maleza prolifera en un sendero no recorrido.


Claudio "Pocho" Lepratti (Concepción del Uruguay, Argentina, 27 de febrero de 1969 - Rosario, Argentina, 19 de diciembre de 2001) fue un militante social rosarino asesinado en medio de una represión llevada a cabo por la policía de la provincia de Santa Fe.

Hijo mayor de Orlando Lepratti y Dalis Bel, quienes tuvieron cinco hijos más. Cursó la escuela primaria y secundaria en Concepción del Uruguay. Entre 1983 y 1985 estudió Derecho en la UNL como alumno libre.

En 1986 ingresó como seminarista en el Instituto Salesiano de la localidad de Funes, unos 15 km al oeste de Rosario, provincia de Santa Fe). En 1991 abandonó el seminario, fijando su domicilio primero en el barrio Empalme Graneros y un año después en el humilde barrio Ludueña, acercándose a colaborar en la tarea de contención social de los adolescentes del barrio, donde comenzó a participar activamente de las organizaciones de base, que durante más de veinte años promovió el padre Edgardo Montaldo. Al tiempo que militaba gremialmente en la Cocina Centralizada, donde fue delegado y participó de la histórica carpa como uno de los tantos despedidos por su actividad sindical.

Participó y promovió la formación en más de veinte grupos de niños y jóvenes de las barriadas populares de Rosario. Siendo la primera agrupación La Vagancia.

Participó en instancias de coordinación con otros grupos como la revista El Ángel de Lata, el movimiento Chicos del Pueblo, y con todas las comunidades eclesiales de base, como Poryajhú ("pobres" en guaraní), y el grupo Desde el Pie.

Además participaba activamente como delegado de base de la ATE (Asociación Trabajadores del Estado) de Rosario y como congresal de la CTA-Rosario.


El 19 de diciembre de 2001, en medio de la crisis que terminaría con la caída del presidente Fernando De la Rúa, varios policías que llegaron desde de la ciudad de Arroyo Seco, a 30 km al sur de Rosario comenzaron a disparar en el fondo de la escuela. Lepratti subió al techo para defender a los menores que en su interior se encontraban comiendo. Se asomó gritando: “¡Hijos de puta, no tiren que hay pibes comiendo!”. El uniformado Esteban Velásquez hizo fuego con su escopeta Itaka, con balas de plomo acertándole una de ellas en la tráquea, lo que motivó su procesamiento y posterior condena a 14 años de prisión por el juez de Sentencia Nº3, Ernesto Genesio, con el cargo de homicidio agravado por el uso de arma. Además tanto Velásquez como la provincia de Santa Fe fueron condenados a resarcir económicamente a los familiares de la víctima por los daños y perjuicios causados.[1]

La Dirección de Asuntos Internos de la policía provincial había reconocido en un informe que “el asesinato del militante social Lepratti ocurrió fuera de la zona de saqueos y en los fondos de una escuela”, y que “no se justifica haber efectuado los disparos reconocidos, aun en carácter intimidatorio”.[2] Los policías acusados argumentaron que habían abierto fuego porque habían sido atacados a balazos por vecinos apostados en el techo de la escuela. El vehículo policial tenía efectivamente marcas de balazos, pero todos realizados a nivel del suelo.[cita requerida]

Aparentemente una testigo recogió un cartucho naranja, que corresponde a la munición de plomo y lo entregó a los investigadores policiales, pero éstos le entregaron a la Justicia un cartucho verde, que corresponde a las municiones de goma.[cita requerida]

Desde ese momento Lepratti se convirtió en un mártir y símbolo de la resistencia de los sectores más desposeídos de la provincia de Santa Fe.


A modo de homenaje el reconocido cantautor argentino León Gieco lanzó en 2005 una canción llamada El ángel de la bicicleta (con música —una cumbiaLuis Gurevich, un par de músicos del grupo de cumbia Los Pibes Chorros acompañan la obra, tocando el teclado característico de la cumbia villera, y el bajo) donde parafrasea la frase que gritaba Lepratti al ser ejecutado: muy estilizada— del pianista

“Bajen las armas, que aquí sólo hay pibes comiendo”.


Fuente: Wikipedia, la enciclopedia libre.


Una buena amiga, de las que se hacen lentamente y envejecen como el buen vino, dando cuerpo a la verdad y sinceridad que aporta la madurez en la relación, venida hace tiempo de Rosario (Argentina) y que va abriendo camino en su deambular por este país, hija de abuelos españoles, acompañada de marido e hijos y con potente corazón que aún tiembla en las ocasiones más inesperadas, cuando un sentimiento vuela alrededor...; tuvo a bien invitarme a un descubrimiento que tocó el alma del hombre solo y le pidió posar su mirada en León Gieco, un cantautor argentino, hasta ahora desconocido para el ignorante hombre solo y que ha tenido a bien cantar con los grandes entre los grandes, uniendo su voz a la verdad, al dolor de los otros y al mantenimiento de la memoria para evitar repetir los errores.
León Gieco quiere traer al festival de Málaga del año que viene su película documental Mundo Alas ( http://www.mundoalas.com.ar/index_esp.html ), de la que recomiendo visitar su página para descubrir el trabajo de gente que sabe amar, en lo sencillo y sin esperar mucho.
Este cantautor nos trajo el sábado notas que tocaban el alma, palabras duras que sabian a miel, y recuerdos de un tiempo que mi amiga había vivido muy de cerca, que sigue viviendo y que siga conservando en su amor a Argentina, esa tierra de gente culta y sonriente, repleta de hermosos rostros que vieron y vivieron miserias y hoy lucha por seguir sobreviviendo en un mundo que se avecina cada día más diferente, un mundo que se cuece en el horno y al que ellos tienen mucho que aportar.
Se agradece tener amigos que disfrutan con lo que tu mismo, se engrandece el alma cuando encuentra seres que te enseñan, te muestran caminos y descubren mundos hasta entonces desconocidos; al hombre solo le gusta aprender y este fin de semana, como cada minuto que pasa junto a gente grande como su amiga, tuvo la fortuna de recibir lecciones que nunca olvidará y guardará en la memoria, buscando información y encontrando ángeles en bicicleta, gentes buenas y miserias de hombres que hacen llorar a otros, levantándose estos últimos entre sones de música y lágrimas de letras. Encontré la canción del ángel de la bicicleta, personalmente me quedo con la versión de Mercedes Sosa pero aporto a este pequeño mundo de recuerdos cotidianos de un hombre solo que mira y encuentra a través de sus ventana, la original de León, el hombre que sigue amando y construyendo mundos donde la integración entre diferentes es posible, porque ser distinto no es fácil pero cuando se asume, se vivie como tal y se hace el camino propio... hasta se puede llegar a ser feliz, por momentos, encontrando almas que tocan puntos iguales y pueden ser muy parecidas, hasta incluso gemelas.
Goza el hombre solo de sus tesoros pequeños, comunes, sencillos y simples, metidos en corazones grandes y se regoza mirándose en el pequeño rincón que le prestan sus amigos en esos corazones que le regalan en las visitas a casa. El hombre solo, a veces, toca el cielo con la amistad, se engrandece, aprende y se encuentra capaz de seguir soñando a ser más feliz.




1 comentario:

Nancy dijo...

No conocìa esta historia, Haykus, gracias por hacernos saber parte de nuestra historia. Sòlo con la memoria viva lograremos mejorar.
Un gran abrazo en el dìa del amigo aqui en Argentina!!!